20031227elpviavje 1Con mucha suerte, nos encontramos con esta joya guardada en el periódico de El País de España quien reseña la fantástica aventura de nadar con con los lobos marinos. Una experiencia que sólo se puede vivir en Galápagos titulada “Pequeñso dragones de oscura belleza”:

Cualquiera de los visitantes de las islas Galápagos vivirá la experiencia si lo desea y tiene ganas de aventura. Sólo hacen falta unas aletas, unas gafas y un tubo para el buceo de superficie…

Y los lobos marinos, los animales más grandes de las islas, pueden aparecer en las aguas de cualquier playa y acercarse con inofensiva cordialidad. Sólo una recomendación: no tocarlos, como ellos no tocan al bañista (salvo notar a veces el ligero roce de sus bigotes), respetando así un principio que debe regir en este lugar, el de no interferencia, el de simple disfrute de la presencia constante de animales que no temen al hombre.

En el Legend, uno de los 80 barcos con licencia para organizar cruceros, el pasajero más joven, Andrew Dibling, tiene 10 años, y el más veterano, Richard Wood, 89.

Las Galápagos (13 islas grandes, media docena pequeñas y un centenar de islotes situados a 960 kilómetros de la costa de Ecuador) son aptas para todas las edades. Ambos pasajeros proceden de Estados Unidos y esta mañana están listos y bien dispuestos con sus chalecos salvavidas, a las ocho de la mañana, para desembarcar en Isla Fernandina.

Los turistas se dirigen hacia la costa en pangas, pequeños botes a motor, en grupos que nunca superan las 16 personas. Van acompañados de guías de la naturaleza que no les permitirán fumar, llevarse siquiera una piedra o salirse de los senderos.

“Ni, por supuesto, hacer sopa de tortuga”, dice uno de los monitores con un humor que también se agradece en esta reserva biológica sobrecogedora. El venerable quelonio que los piratas cargaban en los barcos a centenares, pues sobrevivía hasta un año en las bodegas sin agua ni comida, reina en las islas junto a sus compañeras las iguanas.

En 1959, el Gobierno ecuatoriano decretó la protección máxima del parque nacional, que ocupa el 97% del territorio y que debe ser abandonado antes de las seis de la tarde.

Una vez los turistas en tierra, el espectáculo está ahí mismo, casi impercetible. Las lisas se esconden creando círculos cuando un enorme pelícano alcatraz pasa en vuelo rasante sobre el agua en busca de su pez favorito.

Las fragatas o tijeretas (famosas por los sacos gulares rojos que los machos hinchan en mayo, la época de apareamiento) sobrevuelan los manglares mientras en las clarísimas lagunas formadas por la marea baja varias tortugas asoman la cabeza.

A unos metros dormita un lobo marino (los machos son territoriales y conviene no acercarse, a riesgo de que emitan una especie de ladridos amedrentadores), y más allá, una hembra cuida de su cría recién alumbrada. Grupos de negras iguanas marinas escupen sin parar, y rojos cangrejos corretones y rapiñadores pueblan las rocas de lava petrificada.

No hay agresividad en el entorno, y eso desarma a los turistas, que sienten el despertar de una inocencia escondida y comprenden de pronto el porqué de la mitología de las Galápagos, uno de esos destinos a los que las agencias colocan la etiqueta de “una vez en la vida”.

Y por eso los 85.000 visitantes que desembarcan cada año no serán los mismos cuando se vayan, aunque ellos no lo sepan en un principio.

En un intento de explicar lo que la novelista Josephine Humphreys calificó como la “genética inocencia” de los animales que no se espantan de los hombres, el guía André Degel, de 50 años y de origen belga, dice: “Las criaturas reaccionan al peligro, pero no lo tienen presente porque no han conocido grandes depredadores”.

Y añade con laconismo: “Las islas quedan dentro; llevan un mensaje, una energía que enseña la lección de que aprendamos a cuidar mejor nuestro planeta”.

El maravilloso viaje ha comenzado en la isla de Baltra, donde se encuentra el aeropuerto. Los visitantes pisan un felpudo desinfectante y pagan 100 dólares de entrada que se reinvierten en las islas en un 75%. Junto a los puestos de souvenirs toma el sol rodeada de gente una iguana terrestre, grande, pacífica y amarilla, bastante más lustrosa que sus hermanas las iguanas marinas, que a Darwin le parecieron “horrendas”. Pero dará gusto verlas, en uno de los desembarcos, perfectamente negras sobre las rocas volcánicas de su mismo color, tan góticas y amenazantes pese a que son herbívoras y beatíficas, muy cerca del agua, donde buscarán alimento.

“He venido cuatro veces. Galápagos es el único paraíso que conozco. Y siempre uno desea volver al paraíso”, dice la ecuatoriana Soraya Maldonado, de 26 años.

Lejos de esta perspectiva queda la de Herman Melville, el autor de Moby Dick, insatisfecho ante unos paisajes dominados por la lava enfriada como melaza, las superficies ripiosas, los lechos de ceniza… “Poco se encuentra aquí, salvo vida reptil (…), el sonido dominante de la vida es un siseo”, escribió en referencia al silbido neumático que producen las tortugas al esconder la cabeza en su caparazón…